MUJER: VIOLENCIAS Y LIBERACION por Ana Basaldua. Publicado en euskara bajo el título Borroka feministen historia luzea. Feminismoa eztabaidagai en EZPALA Aberzaleko Aldizkaria. Publicación de la Izquierda Abertzale. (Pedro Egaña, nº 2-1.esk. 20.006 Donostia) nº 0. 1996. pp. 14-21.


      2.- Liberación e historia.

      Nos han educado en la pasividad, obediencia y aceptación sumisa de las violencias del sistema. Se nos ha inculcado la idea de que, como mujeres, debemos asumir y practicar determinados roles sociales entre los que destacan el rechazo de cualquier acción no ya de resistencia u oposición violenta, sino de simple y elemental resistencia incluso no violenta, pacífica. Los roles que nos impone el sistema patriarcal y burgués y, en el caso de Hego Euskal Herria, español, nos condenan a una existencia amorfa, impersonal, supeditada a los caprichos y obsesiones sexuales masculinas y dependiente en todo, moral y materialmente, del poder, aunque algunas de nosotras hayan podido acceder al grado de "libertad condicional" que supone un trabajo asalariado mal pagado y, generalmente, realizado en condiciones de acoso sexual.

      El sistema familiar, educacional y formativo, religioso, sociocultural, laboral y comercial, publicitario y propagandístico, político y sindical, judicial y represivo, etc, tiene la función de además de mantener y reforzar periódicamente semejante mole plomiza, también y en determinados momentos, sobre todo, de actualizar, de reciclar e introducir nuevas "justificaciones" al respecto. Como veremos, entre estas no faltan las supuestas demostraciones científicas y ecológicas de nuestra inferioridad, la llaman "especialización genética" y "naturaleza sensible y pacifica".

      Sin embargo, bastantes de nosotras intuimos que no es así, que no somos así ni estamos condenarlas a serlo. Nuestra intuición se transfoma en certidumbre cuando rompiendo los universos de silencio y soledad que nos impone el poder, hablamos entre nosotras, de eso que el patriarcado menosprecia, por que lo teme, llamándolas "cosas de mujeres", y nos enteramos de que las resistencias son muchos más frecuentes, duras y sistemáticas de lo que habíamos intuido individualmente. Luego, la intuición se transforma en conocimiento verdadero al acceder a la historia real, la no escrita por el poder masculino, de las prácticas de violencia de las mujeres.

      Y es que la historia oficial, la escrita por los hombres de las clases y Estados dominantes, miente. Miente en lo relacionado con las luchas de las mujeres. Y cuando no miente es porque silencia, oculta y no registra nuestras luchas. Y cuando no tiene más remedio que referirse a ellas porque son inocultables, las tergiversa, deforma y denigra. La historia machista malinterpreta las pocas luchas que registra: según ella, los responsables serían las "bajas pasiones" y "viles instintos" no domeñados convenientemente por la correcta educación social. Y cuando pese a artimañas y argucias de toda índole no tiene otra alternativa que referirse a escandalosas situaciones de opresión causantes de desesperadas respuestas de las mujeres, esta historia no acepta la responsabilidad del sistema opresor en sí mismo, sino que la disuelve y desintegra achacándola a aislados comportamientos individuales, anómalos y carentes de toda conexión estructural con el sistema.

      Sin embargo, el esfuerzo investigador de la historia crítica realizada por mujeres está sacando a la superficie una gran cantidad de formas de violencia aplicadas por el supuesto "sexo débil". Del mismo modo, los nuevos desarrollos críticos y feministas en áreas del conocimiento hasta ahora propiedad monopolística de los hombres, y de algunas mujeres alienadas, como psicología y psiquiatría, sociología, economía, biología, antropología, filosofía, etc, están desmitificando los tópicos y dogmas del actual saber patriarco-burgués. Disponemos ya del suficiente bagaje teórico y equipamiento intelectual para desautorizar las patrañas oficiales sobre nuestra "naturaleza pacífica" y, lo que es más importante, profundizar más y mejor en las causas de las violencias que padecemos y en los métodos necesarios para superarlas.

      Por ejemplo, cada día sabemos más sobre la verdadera finalidad represiva de la Inquisición española al perseguir con especial saña a las mujeres vascas calificadas de brujas; también se enriquecen nuestros conocimiento sobre la participación de las mujeres vascas en las matxinadas, luchas y revueltas de clase y nacionales habidas en tiempos pasados, y en movimientos herético-religiosos reprimidos, etc. También profundizamos en el papel de las mujeres vascas en las guerras carlistas y en las sucesivas guerrillas habidas en nuestra historia. Ni que decir tiene que son más rigurosos y mayores los conocimientos alcanzados sobre la función de las mujeres en las luchas obreras y el primer nacionalismo al final del siglo XIX; conocimientos que mejoran conforme al acercarnos al presente pasamos por las grandes huelgas de los años veinte y treinta, por las decisivas pero silenciosas tareas de las mujeres en las organizaciones de todo tipo en esas décadas, así como en los fundamentales años de 1936-37.

      ¿Y qué decir de la tarea de las mujeres en los tétricos años del franquismo triunfante, cuando la soberbia criminal fascista se fusionaba con la cínica beatería del nacional-catolicismo español, engendrando un monstruoso panegírico del poder masculino en todas sus manifestaciones? Unas mujeres que no se arredraron ante tamaña barbarie bendita interviniendo en la tenaz resistencia vasca abandonada a su suerte por el PNV y el Gobierno Vasco en el exilio en 1946. Mujeres que tampoco se arredraron cuando poco a poco, tras el corto paréntesis de final de los cuarenta y comienzo de los cincuenta, emergieron las primeras escuelas de euskara, se fortalecieron los muy debilitados sindicatos, se crearon las primeras asociaciones de vecinos en barrios populares, se afianzaron los múltiples grupos y asociaciones recreativo-culturales y deportivas que servían no sólo de refugio para la dignidad humana, también de bases de autoorganización y lucha.

      Durante esa lenta pero incontenible recuperación clandestina vasca, y dentro de una atmósfera de intensos cambios sociales, acaecida desde finales de los cincuenta y que llega a un punto de no retorno con la ejecución del torturador Melitón Manzanas en 1969 por ETA, en esa década que sirve de gozne histórico, también fue decisiva la intervención de las mujeres. Como lo fue en mayor modo e intensidad a lo largo de las dos décadas y media posteriores, durante las cuales se ha mantenido una pugna tensa entre la conciencia feminista vasca, organizada y expresada de diferentes formas, y el poder patriarco-burgués.

      La expresión material cruda, tajante e irreconciliable de esa pugna es la participación activa de cientos de mujeres en la resistencia armada de nuestro Pueblo. Varias de ellas han sido asesinadas por las fuerzas represivas; decenas de ellas sufren en las cárceles de exterminio o lugares de confinamiento y deportación en continentes lejanos, o deben permanecer ocultas en la clandestinidad obligada de las refugiadas y exiliadas políticas no legalmente reconocidas y varios cientos de ellas han sido detenidas, vejadas y torturadas con especial saña machista. Esta es la parte más descarnada e hiriente de un conflicto al que se suman centenares de mujeres de todas las edades: jóvenes, adultas y mayores; en clandestinidad o en las barricadas; en sedes y centros de la izquierda abertzale o en fábricas, escuelas y domicilios.

      La historia real de nuestra liberación comienza, como vemos, por nuestra liberación de la historia oficial. Se trata de una liberación práctica y teórica a la vez, simultánea. Buscando nuestro pasado buscamos nuestra teoría porque ésta, que trata de la dialéctica violencias-liberación, se ha construido con las prácticas de las mujeres que nos precedieron. Pero nuestro esfuerzo no debe concluir en una especie de arqueología del pasado. Debe ser permanente ya que es permanente el esfuerzo de los Estados español y francés por desarrollar nuevos instrumentos de alienación, sojuzgamiento y, en definitiva, violencia patriarco-burguesa.


      3.- Pacifismo feminista.

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